Yayo Delgado, Como una sola alma
10/12/10, 17:10
No es oro todo lo que reluce. Menos mal que a España le quedan los refranes, sabiduría popular que aguanta el paso de los años, con la que rasgar los cantos de sirena envenenados que la ceguera hace resonar cuando cambia el viento. Cada vez antes, y cada vez más previsible, quienes tienen la misión de empequeñecer el fútbol, enarbolan la bandera de la crítica y la exigencia, ya sin importar nada más que el último resultado, aprovechando para pintar de oro las veletas, navegando de empopada hacia el ventajismo, disfrazado de virtudes incontestables en este país de locos, en el que seguimos llamando fútbol a lo que no lo es. Lo que faltaba por ver.
Entre la gran mayoría asentada en el veletismo histórico de los gigantes, un minúsculo grupo de valientes héroes resiste gracias a la fuerza de sus corazones, su poción mágica, un murcianismo sano e incondicional, que aguanta como la aldea de irreductibles galos, a la fuerza del imperio blanco y azulgrana, y a la vez, mantiene su advocación al fútbol. Hinchas que lloran las palabras de quienes, ciegos de oros relucientes, que brillan entre cantos de sirena, manchan sus sentimientos a la más mínima contrariedad en el juego. Da igual todo lo demás. El trabajo, las victorias, el apoyo de los hinchas, los aplausos, la entrega, la pasión, el escudo, la ilusión... Sólo valen cuando se gana, para quienes el fútbol es sólo marcar más goles que el contrario.
Ver oro en ganar siempre es la enfermedad del fútbol en España, y ver hojalata en la pasión incondicional es no conocer la grandeza de este deporte. De la España de plástico hemos heredado la exigencia, y hemos perdido la esencia del escudo, de los colores, de la pasión. Anima España cuando gana, y exige, pita y se enfada cuando pierde. Esa es la Ley del Imperio, escrita por sufragio universal en las gradas de los grandes estadios, esparcida hasta los últimos límites del fútbol, contra la que hay que casi hay que esconderse para contravenir, cuando tu equipo encaja un gol y algún pobre imbécil se levanta gritando apoyo para sus jugadores, en vez de reírse de ellos con el compinche de al lado.
No son mártires, esos que están cuando cae el equipo al suelo, cantando su amor incondicional, ni tontos, ni descreídos, ni ciegos…no son hojalata, ni de oro. Son el alma del fútbol, verdaderos creyentes de esta religión única que hace de los hinchas el oro sin brillo que da vida al fútbol. Sus alegrías, son mayores, sus decepciones, encuentran consuelo en la incondicionalidad, y sus equipos son grandes, sólo por ellos, porque esos hinchas que siempre ven orgullo en su escudo, esté donde esté, no distinguen el oro de la hojalata, porque en fútbol eso da igual. Vale.