Yayo Delgado, Como una sola alma
19/01/12, 12:19
-Hola Yayo, encantado de saludarte. El año pasado me hice socio del Real Murcia por primera vez en mi vida. He venido siempre, y soy murcianista desde siempre, pero nunca me había hecho el carnet. Después de leer tu artículo ‘Inmortales’ sobre lo que vivimos en Montilivi, decidí que era el momento de hacerme socio. Desde que tengo el carnet, que he renovado este año, me siento parte de este escudo, de este club. Es lo más bonito que he sentido en fútbol nunca. Muchas gracias.
Con los ojos brillantes y la voz entrecortada, entre pausas largas y movimientos extraños, quizás consecuencia de los nervios, o de una capacidad expresiva incrementada por esas cosas de la vida, se dirigió a mi, sin dejarme hablar, con sus manos apretadas sobre las mías, uno de los murcianistas que se acercaron a que les dedicara el libro ‘Una sola alma, artículos murcianistas 2002-2011’ en la sede de las peñas, antes del partido frente al Alcoyano. Con cada palabra se me encogía más el corazón. Sentí cómo un par de lágrimas subían por dentro, hasta convertirse en una sonrisa y un abrazo como jamás podrá lograr un gol. Aquel tipo me regaló el sentir realmente que había merecido la pena publicar un libro con mis artículos de murcianismo loco.
Después de encajar aquel discurso, firmé su libro con una de las dedicatorias que repetí con más pasión: La ilusión, en fútbol, no depende de los resultados. La ilusión está detrás de los colores que se sienten. Como en la vida, en el fútbol, es la ilusión la que nos mantiene en la grada, jornada tras jornada. Me salió directamente del alma, esa que compartimos miles en grana, y ese momento salió de Montilivi, y de cómo alcanzamos la inmortalidad allí, bajo la lluvia de junio, en aquel fatídico minuto eterno.
En el bus número cinco se hizo corpórea la resurrección del murcianismo. En aquellos autobuses de vuelta a Murcia fue donde nació el sentimiento único que desde aquel día brota cada vez que las cosas se tuercen y se convierte en un ensordecedor cómo no te voy a querer en la grada. Después de los abrazos y los largos minutos de silencio en la oscuridad de la carretera, empezamos a levantarnos. Los impulsos de ánimo entre unos y otros, tirando de ironía finísima, esa que sólo nace de lo más profundo de la murcianía, fuimos reconstruyendo el sentimiento murcianista. A la vez, y fuera de aquel autobús número 5 de hermandad murcianistas, y contra todo pronóstico, pasaba lo mismo entre quienes lo habían vivido a mil kilómetros, frente a su televisor.
Una botella de vino, dos chistes, tres recuerdos y cánticos de aquella década horrible en la que perdíamos 0-2 con el Gavá sin despeinarnos, recuperando aquel romanticismo que siempre quedará entre los que estuvimos luciendo escudo con orgullo en Tercera División, y el resultado fue confianza. Desde el día siguiente a ese descenso cinematográfico, el murcianismo volvió a nacer reforzado entre sus cenizas. Si esto no nos mata, qué nos va a matar. Dos años después, aquí estamos, en la mitad de la película que no acababa con el penalti que paró Alberto, empezaba. En la mitad de una historia que aún tiene sus mejores páginas por escribir, en las que ahora toca volver a Montilivi, el lugar donde aprendimos que la ilusión es invencible. Vale.