Antonio J. Salmerón, Meta volante
20/10/10, 11:47
Cien años después, aún con los avatares de la última década, Le Tour de France es la carrera más admirada y temida -a la vez- por todo el pelotón internacional. Un centenario cuyo recorrido ya es público y notorio. Favorece a los escaladores, aunque quiénes aspiran a los honores bajo el Arco del Triunfo de Los Campos Elíseos han de mostrarse y manifestarse infranqueables en todos los terrenos, incluso el psíquico.
Frío y calculador; imponderable ante los avatares de la carrera. Así definían a Miguel Induráin, dueño y señor de la grande bouclé gala durante cinco reinados, y también a Lance Armstrong. Contador es otra cosa; responde a otro perfil, más armonizado, más actualizado. A diferencia del navarro, y en semejanza al tejano, el de Pinto maravilla con su alegre pedalear. Su delgada figura en nada rememora a la fornida corpulencia de Induráin, ni tampoco a la definida masa muscular de Armstrong. Aunque siempre dije que las comporaciones son odiosas.
En Paris, donde se desvelaron los entresijos del Tour de France de 2011, los periodistas ardían en el deseo por escuchar a Christian Pruhomme pronunciarse públicamente sobre las dudas que enturbían la sobresaliente capacidad de Alberto Contador para ganar. El presidente de la carrera no podía, ni debía, decir otra cosa que no fuera que considera al de Pinto vigente vencedor del Tour mientras que no se demuestre lo contrario. No hace falta ser especialista en la materia para conocer que la minúscula cantidad de clenbuterol supuestamente hallada en la orina de Contador no cuenta para nada.
Lo que sí que contará, y al parecer mucho, es la jugosa ración de montaña que adereza la edición centenario del Tour de France. Vale que se recupera la cronometrada por equipos, por su espectácular puesta en escena y por la belleza plástica que la acompasa en su desarrollo, nudo y conclusión, y que el penúltimo día de calvario toca sufrir con otra cronometrada individual en Grenoble, pero el paso por el Macizo Central, Pirineos y Alpes está llamado a ser juez y parte.
En contraposición hallamos díez etapas llanas, pero ahí quedan la séis etapas de montaña; cuatro localizan su meta en alto, y una contra reloj individual de 41 kilómetros y otra por equipos de algo más de la mitad. El total de los puertos asciende a un total de 23; y no habrá bonificaciones ni en los esprint intermedios ni en las metas.
El Galibier se subirá por partida doble, y los finales a tener muy en cuenta los protagonizan Super Besse (Macizo Central), Luz Ardiden y Plateau de Beille (Pirineos) y Serre Chevalier y Alpe d'Huez (Alpes). Dicho ésto, así, a groso modo, la carrera tendrá dos escenarios principales: el Macizo Central y Los Pirineos.
Nuestro ídolo local, Luís León Sánchez acudirá a la cita vestido de Rabobank, con los galones de líder. Para eso le han contratado. La alta montaña no es que se le dé de maravilla al de Mula, pero es lo que hay cuando se aspira a estar en condiciones de luchar por el éxito en el Tour. La ausencia de su compatriota y compañero de fatigas Alejandro Valverde en éste último Tour como jefe de filas del Caisse d'Epargne le debe haber servido de lección. Se codeó con los primeros espada para tratar de incluirse en el cuadro de honor de los díez magníficos, aunque, por mucho que lo intentó, no logró victoria alguna. No le dejaron hacer, y punto. Y eso que vino con algún kilo de menos y con una mejora de prestaciones en la alta montaña bajo el brazo. Pero el Tour es el Tour.